¿Qué es la argumentación, cuál es su estructura?
No, no lo haré. Porque no tengo ganas. Ese es mi argumento, con bases y garantías duras como pan añejo. O la tapa de mi cuaderno, que bien bonita es. Ella se ha ido, o se irá en unas horas. No, no la eché. Simplemente dejó de asistir. Pero si se va, yo también debo irme. ¿Qué quedará? Un par de tazas de té (negro para mí, verde con menta para ella) frías, un par de galletas en un paquete abierto y una almohada de plumas. No, no las comeré. Aunque muera de hambre, las hormigas podrán darle un mejor uso. Debería estar trabajando en el cuestionario, lo sé. El cansancio es extraño, la desmotivación inminente y mis lápices de colores tenuemente grisáceos. No como aquellos con los que dibujé ese sueño de hace unos días. ¿Será ella? ¿Seré él? No, no lo sabré. Hasta que el infierno se caiga y el cielo. Suficiencia. Necesito desarrollar eso. Y a la vez un cuestionario, o no podré publicar ésta entrada.
No, no me detendré. Si lo hago, el silencio parcial consumirá mis energías. Necesito una taza de té para superarlo. Dos, tres, cuatro. Para tres, para dos. Pero no para uno. Dejando de lado el egoísmo optimista que podría utilizarse para derribar ésta razón, ¿Para qué es la felicidad que puede traer una mera y sencilla taza de té, si no tienes con qué compartirla?
El mundo es el mundo. Y hay que compartirlo.
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