(Adjunto la llave de ésta puerta abierta.)
Ya soy un niño grande. Al menos eso dice todo el mundo. Dejé de ser un niño chico y soy uno grande. Son las vueltas de la vida. Jamás esperé terminar pseudo músico, humanitario y con una voluntad formada por el fuego más vivo que el Sol. Aprendí lo que es el amor y el odio, el tiempo y el espacio, la vida y la muerte. ¿En qué momento? Ni idea, pasó todo muy rápido. Un día estás solo en tu cuarto jugando videojuegos y al siguiente estás tocando guitarra y cantando en la calle por diversión. Vaya locura.
Ves como la gente entra un momento y quieres que se queden toda la vida. Nunca es así. Nunca sabes cuánto se quedarán. Nunca sabes si te avisarán cuando lo hagan. Nunca sabes si están por amor o interés. Nunca sabes nada. Lo que sabes es que tienes que disfrutar mientras estén. Y cuando no... ahh, el doloroso momento aquél en el que se van por x,y o z motivos...
Ser un niño grande lleva una gran responsabilidad. Todo el mundo espera grandes cosas de ti. Pero si los decepcionas, que el cielo se apiade de tu alma. No debes ser un niño chico siendo un niño grande.
Interrogantes llueven en mis ojos. ¿Cómo tener mente de niño grande si tu corazón de niño chico llora por cobijo y amor? Él no va a calmarse con razones, claro que no.
Él te necesita. Necesita no de tu comprensión, no de tu empatía, no de tu consejo. Necesita de tu amor, gratuito y de calidad. De ese amor que te entregó sin frenos un día y decidió guardar para más adelante. Necesita de ti. Nada más. Desea que estés junto a él, que hagas el viaje más ameno. ¿Por qué? Porque te ama. ¿Y por qué te ama? Porque sí. Desde que te vio un lunes en la mañana.
Sueño imposible.
A fin de cuentas, no soy ese tipo de niño chico que prefieres.
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